Levantarse cada día a trabajar es sin duda un desafío. Tomar el Transantiago es una hazaña.
Hasta hace unos meses debía bajar diariamente desde metro Universidad de Santiago hasta la estación Las Rejas, para “lograr” subir a un vagón. Esto implicaba necesariamente retroceder 3 estaciones - las que luego obviamente debía volver a avanzar - para llegar al metro La Moneda, asumiendo un costo de alrededor 10 minutos que recaían “toditos” en mí. La intuición femenina me enseñó que si esperaba en la salida del Metro USACH podría - claro que un poco apretado- subir y evitarme esos minutos. Notable!!!! Sin embargo, no hay nada gratis! He sustituido esos 10 minutos por un sin fin de apretones, codazos, “fragancias” matinales del más amplio espectro, etc.
Esta lucha diaria es la que sufrimos diariamente los miles de usuarios del Transantiago. Sin embargo, en algunos casos es crítica y no es ni siquiera comparable con la situación recién descrita. Se ha pasado a llevar la dignidad de las personas. Así, muchos han asumido, incorporado e internalizado que levantarse más temprano, hacer eternas filas, soportar el frío y las lluvias de invierno, caminar varias cuadras para “lograr” tomar un bus, hacer una serie de transbordos, andar más tiempo en micro, etc. son parte del día a día. Las molestias ya no son tal, los reclamos no tienen sentido. Peor aún, se ha caído en el típico “es lo que hay”.
El metro, único medio de transporte que operaba relativamente bien, con estaciones y recorridos conocidos, donde la confianza en el sistema era plena, ha sido mal utilizado y se ha deteriorado su calidad. Si antes viajar en metro era sinónimo de seguridad, eficiencia y comodidad, hoy no lo es. Sin embargo, los atochamientos, aglomeraciones, desmayos, fallas inesperadas, son parte de su nueva definición.
Pero, ¿era esperable que la autoridad estableciera al metro como eje central de sus sistema de transporte? Claramente. Ya que si las micros no operaban bien, la eficiencia del metro lo compensaría. Más aún, si el uso de éste fuera a costo cero. Esto último permitiría tapar varias falencias. A mi juicio, creo que por ello se diseñó un sistema pensado en la maximización del espacio al interior de los vagones, se sacaron asientos y se estableció un increíble parámetro de “6 personas por metro cuadrado”. Que atentado contra la dignidad! Claramente esta particular medida fue definida por brillantes ingenieros de prestigiosas universidades nacionales, algunos tal vez con postgrados en reconocidas universidades extranjeras que….. por supuesto no viajan en metro… menos en micro! El resultado: personas que nunca antes habían viajado en metro hoy lo están haciendo, de esta manera el sistema ha más que duplicado el número de pasajeros. Algo similar ha sucedido con las personas que deben hacer transbordos.
En búsqueda de una solución se modificaron los contratos con los operadores. El objetivo era introducir señales que llevaran a mejorar el servicio. Simultáneamente se contrataron más buses y se mejoró la infraestructura vial. Estas modificaciones sumadas al déficit inicial le costaron al Estado US$ 290 millones durante 2007. Esta semana le fue rechazado nuevamente US$ 145 millones para financiar el déficit del año 2008 imputable al presupuesto fiscal del próximo año.
Sin duda el financiamiento puede seguir esperando, mientras no exista un diseño claro y efectivo de qué es lo que se va hacer y no se tenga un manejo en línea de la flota. La dignidad por ningún motivo!
Estimo que es tiempo más que razonable para que la autoridad NO siga subsidiando el Transantiago, pues se genera un alto costo social que recae en los miles de “Moyas” usuarios del metro. ¿No sería mejor que la autoridad sincerara las tarifas?, ¿no debería cobrarse por el transbordo?, ¿Cuántas entradas adicionales para ver al Colo-Colo se han vendido?, ¿cuántas cervezas?, ¿quién cree usted que ha pagado?
Un principio básico de la ciencia económica es que los agentes responden a los incentivos. De esta forma, si se desea que los operadores de los buses saquen todos los buses a la calle, no basta con el sistema de control de la flota – el cual aún no funciona – sino que se debe inducir a que lleve más pasajeros. Al igual que en el sistema antiguo donde el incentivo estaba en cortar boletos, aquí debe estar en la cantidad de BIP! pasados. Además, creo que sería sensato que los operadores se hicieran cargo de una parte de la evasión. Si no les afecta sus ingresos no tienen ningún incentivo en combatirla.
Si se desea descongestionar el metro, se debe cobrar por el transbordo. Actualmente el precio relativo de viajar en metro vs. viajar en micro ha caído considerablemente. ¿Acaso el costo de transbordo no es $0? De la misma forma que cuando cae el precio de las manzanas la gente desea comprar más manzanas, al caer el precio de viajar en metro, la gente ha decidido viajar más en metro!!!! Entonces, si se introduce un cobro por el transbordo mucha gente que hoy prefiere bajarse de la micro y cambiarse a la primera estación de metro que encuentra ya no le dará lo mismo, pues tendrá que asumir parte de la congestión y atochamiento de las estaciones pagando de su bolsillo una fracción de éste.
Sólo introduciendo las señales correctas al mercado podremos disfrutar de un sistema de transporte moderno y eficiente. Estas medidas deben incluir entre otras un aumento de la tarifa por transbordo al metro, hacer parte de los operadores de la evasión, exigir a los privados la implementación rápida de un sistema de control y gestión de flota. Así y sólo así se evitará que los miles de “Moyas” que viajamos en el metro sigamos subsidiando cervezas y entradas para el Colo-Colo a algunos usuarios que no desean por ningún motivo que cambien las condiciones.
viernes, 23 de noviembre de 2007
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