Sin duda que la fuerte depreciación del dólar perjudica a los exportadores nacionales. Ellos pierden competitividad, pues la consecuente apreciación del peso chileno les hace más difícil colocar sus bienes en el exterior. Además, los retornos que ellos reciben son cada vez menores. Pierden también muchos trabajadores ligados al sector exportador que verán como están siendo liberados de éste. En efecto, están siendo liberados y quedan disponibles (enteritos) para ser empleados lo antes posible en otro sector económico local. Pero atención, muchos bienes que Chile exporta han enfrentado un fuerte aumento en su precio que ha más que compensado la depreciación del dólar (celulosa, cobre, molibdeno, etc.).
Sin embargo, dado que los exportadores están agrupados y se conocen entre ellos, pueden ejercer presión y lograr apoyos transversales para conseguir una intervención de la autoridad en el mercado cambiario.
Y… ¿los consumidores? ¿Ganan o pierden? Son los grandes ganadores. Partamos primero reconociendo que es el consumo (y no el trabajo) el que nos reporta satisfacción y felicidad. De modo que un dólar bajo permite poder acceder a más y mejores bienes extranjeros. Pero mejor aún, a precios más bajos. Por ejemplo, ¿cuánto costaba un plasma hace 3 años?, ¿cuánto cuesta ahora? Usted estaría más contento ahora o hace tres años. Lamentablemente no existe ninguna agrupación de consumidores unidos que haga presión para que la autoridad no intervenga el mercado cambiario, pues de hacerlo perjudicaría a muchos Moyas, que con un dólar más alto saldrían del mercado de muchos bienes. ¿Y qué pasa con el empleo? Resulta evidente que en la medida que se fortalece el sector importador puede ir captando aquella mano de obra liberada del sector exportador. Así, se produce la reasignación en el mercado del trabajo y se mantienen casi los mismos niveles de empleo y desocupación.
jueves, 31 de enero de 2008
martes, 22 de enero de 2008
¿Debe el Banco Central intervenir el mercado cambiario?
Nuestro país ha gozado de los beneficios de tener una inflación baja y estable. Desde 1990 cuando la autoridad monetaria decidió adoptar como regla de política la meta de inflación – al igual que otros 14 países en el mundo – el tránsito hacia una inflación baja y estable fue transparente. La inflación ya era parte del pasado, cuando asomó el inesperadamente alto 7.8% de 2007. A pesar de que las expectativas de los agentes estaban ancladas y de que la negociación con los funcionarios públicos enviaba una señal inequívoca de que la inflación sería del orden de 6.5%, nadie pensó que sería tan alta. Tampoco estaba en los planes de la autoridad.
En este escenario de alta inflación, la depreciación sostenida del dólar le ha dado un respiro a la autoridad, pero asoma como un factor de riesgo sobre nuestro sector exportador. Voces de ayuda surgen de éste y varios otros sectores los han apoyado. Asimismo, nadie discute su importancia para la economía, pues existe consenso en que fueron una pieza clave en la consolidación de la senda de crecimiento que permitió cambiarle la cara a nuestro país. Sin embargo, antes de tomar alguna decisión, hay que mirar las cosas con calma, sin apresurarse. La experiencia nos ha enseñado que quien espera no desespera.
Al menos cuatro aspectos que son necesarios tener presente antes de emprender algún curso de acción: a) No hay que perder de vista que nuestros exportadores también son importadores de muchas materias primas - valoradas en dólares - luego, el efecto neto ha sido o nulo o levemente negativo, pero está lejos de ser alarmante; b) Varios de los bienes que este sector exporta han aumentado considerablemente su precio en los mercados mundiales, que ha más que compensado la pérdida de valor del dólar. Casos como la celulosa, molibdeno, leche, entre otros, son algunos ejemplos; c) La creciente depreciación del dólar es un fenómeno mundial y resultado de factores exógenos (acentuado déficit comercial americano, crisis de las hipotecas y consecuentes peligros de una recesión), sobre los cuales la autoridad monetaria local tiene poco o nada que hacer. No es el resultado de una mala política del Central o de un excesivo gasto público - como han señalado algunos - y, d) No hay que olvidar y menos, perder de vista que somos un país chico, inserto en un barrio pobre e inestable que ha sido cuna de grandes y profundos periodos inflacionarios a través de la historia.
Entonces, con estos antecedentes en mano, la pregunta que surge es si es posible que la autoridad monetaria establezca de manera conjunta un objetivo inflacionario y cambiario. Es decir, que enfoque sus instrumentos de política para mantener un dólar alto y una inflación baja de manera simultánea. Ante esta pregunta, solo existe una respuesta posible: o es uno o lo otro, pero ambas en conjunto son claramente incompatibles!!
Muy simple: fortalecer al sector exportador necesariamente supone relajar la meta inflacionaria. Pero si hay algo en que existe consenso en la profesión, es que los periodos inflacionarios son nefastos para las sociedades, pues se trata de un mal que establece un impuesto tremendamente regresivo, ya que recae con mayor fuerza en los más pobres. Esto último es así, porque son precisamente aquellos grupos más vulnerables económicamente quienes destinan una mayor proporción de sus ingresos a alimentación y - prácticamente - no tienen como defenderse de ella. Por lo tanto, el objetivo de la política monetaria no debe ser otro que asegurar una inflación baja y estable que permite a los grupos más deprimidos económicamente gozar de un mayor bienestar y en suma tender a una mayor igualdad en la sociedad.
En este ambiente, tal vez lo más sensato sea esperar. Los fundamentos de la economía están sólidos, por lo que la recomendación anterior tiene bastante sentido. Sin embargo, "esperar" no se debe confundir con "demorar" (o tardanza en el actuar, o sea, BURROcracia) y menos con autocomplacencia (sin comentarios...). Hoy, nuestras cuentas externas están ordenadas, el mercado financiero es lo suficientemente profundo para un país como el nuestro, el resultado del sector público muestra un superávit en sus cuentas fiscales como nunca en la historia. Las deudas de los privados con el resto del mundo han ido cayendo de manera sostendia. En fin, nuestra economía goza de una solidez como nunca antes en la historia lo hizo frente a vientos de crisis externas, por lo que una posible intervención del Central sobre el mercado cambiario no sólo no es necesaria y atemporal, sino que no tiene ninguna justificación más allá de "quedar bien con todos". Aún más, de intervenir el precio del dólar se afectarían las expectativas de los agentes (inconsistencia dinámica), además se introduciría un cierto grado de riesgo moral (moral hazzard) que no sólo es difícil de controlar, sino que puede inducir a que este sector actúe de manera más arriesgada y descuidada. El costo de estas acciones cae siempre en los mismos: los miles de Moyas que ni siquiera invitaron al baile del dólar, o sea, todos los chilenos.
En este escenario de alta inflación, la depreciación sostenida del dólar le ha dado un respiro a la autoridad, pero asoma como un factor de riesgo sobre nuestro sector exportador. Voces de ayuda surgen de éste y varios otros sectores los han apoyado. Asimismo, nadie discute su importancia para la economía, pues existe consenso en que fueron una pieza clave en la consolidación de la senda de crecimiento que permitió cambiarle la cara a nuestro país. Sin embargo, antes de tomar alguna decisión, hay que mirar las cosas con calma, sin apresurarse. La experiencia nos ha enseñado que quien espera no desespera.
Al menos cuatro aspectos que son necesarios tener presente antes de emprender algún curso de acción: a) No hay que perder de vista que nuestros exportadores también son importadores de muchas materias primas - valoradas en dólares - luego, el efecto neto ha sido o nulo o levemente negativo, pero está lejos de ser alarmante; b) Varios de los bienes que este sector exporta han aumentado considerablemente su precio en los mercados mundiales, que ha más que compensado la pérdida de valor del dólar. Casos como la celulosa, molibdeno, leche, entre otros, son algunos ejemplos; c) La creciente depreciación del dólar es un fenómeno mundial y resultado de factores exógenos (acentuado déficit comercial americano, crisis de las hipotecas y consecuentes peligros de una recesión), sobre los cuales la autoridad monetaria local tiene poco o nada que hacer. No es el resultado de una mala política del Central o de un excesivo gasto público - como han señalado algunos - y, d) No hay que olvidar y menos, perder de vista que somos un país chico, inserto en un barrio pobre e inestable que ha sido cuna de grandes y profundos periodos inflacionarios a través de la historia.
Entonces, con estos antecedentes en mano, la pregunta que surge es si es posible que la autoridad monetaria establezca de manera conjunta un objetivo inflacionario y cambiario. Es decir, que enfoque sus instrumentos de política para mantener un dólar alto y una inflación baja de manera simultánea. Ante esta pregunta, solo existe una respuesta posible: o es uno o lo otro, pero ambas en conjunto son claramente incompatibles!!
Muy simple: fortalecer al sector exportador necesariamente supone relajar la meta inflacionaria. Pero si hay algo en que existe consenso en la profesión, es que los periodos inflacionarios son nefastos para las sociedades, pues se trata de un mal que establece un impuesto tremendamente regresivo, ya que recae con mayor fuerza en los más pobres. Esto último es así, porque son precisamente aquellos grupos más vulnerables económicamente quienes destinan una mayor proporción de sus ingresos a alimentación y - prácticamente - no tienen como defenderse de ella. Por lo tanto, el objetivo de la política monetaria no debe ser otro que asegurar una inflación baja y estable que permite a los grupos más deprimidos económicamente gozar de un mayor bienestar y en suma tender a una mayor igualdad en la sociedad.
En este ambiente, tal vez lo más sensato sea esperar. Los fundamentos de la economía están sólidos, por lo que la recomendación anterior tiene bastante sentido. Sin embargo, "esperar" no se debe confundir con "demorar" (o tardanza en el actuar, o sea, BURROcracia) y menos con autocomplacencia (sin comentarios...). Hoy, nuestras cuentas externas están ordenadas, el mercado financiero es lo suficientemente profundo para un país como el nuestro, el resultado del sector público muestra un superávit en sus cuentas fiscales como nunca en la historia. Las deudas de los privados con el resto del mundo han ido cayendo de manera sostendia. En fin, nuestra economía goza de una solidez como nunca antes en la historia lo hizo frente a vientos de crisis externas, por lo que una posible intervención del Central sobre el mercado cambiario no sólo no es necesaria y atemporal, sino que no tiene ninguna justificación más allá de "quedar bien con todos". Aún más, de intervenir el precio del dólar se afectarían las expectativas de los agentes (inconsistencia dinámica), además se introduciría un cierto grado de riesgo moral (moral hazzard) que no sólo es difícil de controlar, sino que puede inducir a que este sector actúe de manera más arriesgada y descuidada. El costo de estas acciones cae siempre en los mismos: los miles de Moyas que ni siquiera invitaron al baile del dólar, o sea, todos los chilenos.
viernes, 11 de enero de 2008
La economía del amor
La vida es un constante proyecto, siempre estamos evaluando las decisiones que tomamos. En efecto, desde que nos levantamos decidimos si tomar leche o café, pan con mantequilla o mermelada, venirnos en metrotren o en bus, tomar el metro o el transantiago, etc. En fin, estas decisiones hacen que la vida sea un constante sopesar de alternativas y que siempre estemos considerando los costos y beneficios asociados a cada acción.
De la misma forma, cuando uno decide libremente casarse y compartir nuestro espacio con otra persona, sabemos que es para toda la vida (así al menos lo recalca el cura frente al altar), sabemos también - o al menos intuímos - lo que eso involucra (costos). La alternativa disponible es prolongar nuestra soltería (gran beneficio). Sin embargo, la valoración que damos a la compañía de esta mujer y a la posibilidad de tener hijos, sin duda supera largamente al "proyecto" de seguir soltero y a los costos involucrados, por eso nos casamos.
Es esa misma posibilidad de elegir y las alternativas disponibles, lo que hace que todas las cosas tengan precio (there's no such a thing as a free lunch!). Luego, nada es gratuito.
Ahora, en la "economía del amor", estas "alternativas disponibles" está directamente relacionadas con el rango de edad y como corolario a su precio (o costo de oportunidad). En este sentido, es claro que cuando se tiene entre 30 y 45 años aún existen “varias” y “variadas” de estas "alternativas", en el sentido de que aún resultamos atractivos para otras mujeres. Lo mismo sucede para las mujeres.
También, no cabe duda que contraer matrimonio no hace que estas alternativas desaparezcan por arte de magia. Es evidente que siguen estando ahí para que otros las puedan disfrutar. No obstante, en algún momento alguna de estas "alternativas" se nos presentará en la vida y nos llevará a evaluar si continuar o no casados. En esta evaluación se incluirá también la posibilidad de seguir compartiendo con nuestra esposa e hijos, verlos diariamente, admirar su crecimiento y desarrollo personal, etc. (externalidades).
La intuición nos lleva a dos preguntas: ¿Por qué se separan los matrimonios?, ¿En qué rango de edad esto debería suceder con mayor frecuencia?
A la primera pregunta, la respuesta es obvia: porque los costos de estar casado superan con creces sus beneficios, incluso considerando las externalidades. Para la segunda pregunta, a partir de estos argumentos resulta fácil comprender que en el rango de edad antes mencionado (30 a 45 años) muchos matrimonios se deberían separar con mayor frecuencia. Pero, cuando se alcanza "esa edad" en que los pelos de la cabeza crecen menos que los de la nariz y las orejas y ya no resultamos tan atractivos para otras mujeres, las “alternativas disponibles” disminuyen drásticamente. Así, el beneficio asociado a la decisión de seguir casado aumenta - en términos relativos - de forma considerable. Ahora la opción es separase para estar solo o para “tomar” lo que venga y, muchas veces, quede.... Entonces, resulta también fácil comprender por qué los matrimonios en que los cónyuges están en el rango entre 55 y 65 años prácticamente no se separan.
Sin duda, la decisión de separase es dura, pero hay que hacerse cargo del costo que ésta involucra, muchas veces el mayor costo viene por el lado de perderse el crecimiento y el compartir con nuestros hijos (externalidades), por lo que antes de tomar cualquier decisión, hay que identificar bien cuáles son estos costos, a quiénes afectan, en qué magnitud y si estamos o no dispuestos a asumirlas y que otros (los Moyas de siempre) se verán afectados. Lo peor de todo, es que a estos "Moyas", ni siquiera les preguntaron... ceteris paribus!
Nota: Para clarificar al lector, en este caso, los Moyas, son los hijos, que dado el rango de edad definido como probable de que los padres se separen (30 a 35 años), la mayoría de las veces tienen entre 1 y 6 años... Me pregunto (y les pregunto) ¿Es justo hacer pasar a "estos pequeños Moyas" por esto?; ¿Entenderán lo que una separación involucra?; ¿Alguien los invitó a este baile?; es más la promesa que les hicimos a ellos fue de un papá y una mamá.... De nuevo la primera pregunta.... Entonces, qué pasa con los costos....
De la misma forma, cuando uno decide libremente casarse y compartir nuestro espacio con otra persona, sabemos que es para toda la vida (así al menos lo recalca el cura frente al altar), sabemos también - o al menos intuímos - lo que eso involucra (costos). La alternativa disponible es prolongar nuestra soltería (gran beneficio). Sin embargo, la valoración que damos a la compañía de esta mujer y a la posibilidad de tener hijos, sin duda supera largamente al "proyecto" de seguir soltero y a los costos involucrados, por eso nos casamos.
Es esa misma posibilidad de elegir y las alternativas disponibles, lo que hace que todas las cosas tengan precio (there's no such a thing as a free lunch!). Luego, nada es gratuito.
Ahora, en la "economía del amor", estas "alternativas disponibles" está directamente relacionadas con el rango de edad y como corolario a su precio (o costo de oportunidad). En este sentido, es claro que cuando se tiene entre 30 y 45 años aún existen “varias” y “variadas” de estas "alternativas", en el sentido de que aún resultamos atractivos para otras mujeres. Lo mismo sucede para las mujeres.
También, no cabe duda que contraer matrimonio no hace que estas alternativas desaparezcan por arte de magia. Es evidente que siguen estando ahí para que otros las puedan disfrutar. No obstante, en algún momento alguna de estas "alternativas" se nos presentará en la vida y nos llevará a evaluar si continuar o no casados. En esta evaluación se incluirá también la posibilidad de seguir compartiendo con nuestra esposa e hijos, verlos diariamente, admirar su crecimiento y desarrollo personal, etc. (externalidades).
La intuición nos lleva a dos preguntas: ¿Por qué se separan los matrimonios?, ¿En qué rango de edad esto debería suceder con mayor frecuencia?
A la primera pregunta, la respuesta es obvia: porque los costos de estar casado superan con creces sus beneficios, incluso considerando las externalidades. Para la segunda pregunta, a partir de estos argumentos resulta fácil comprender que en el rango de edad antes mencionado (30 a 45 años) muchos matrimonios se deberían separar con mayor frecuencia. Pero, cuando se alcanza "esa edad" en que los pelos de la cabeza crecen menos que los de la nariz y las orejas y ya no resultamos tan atractivos para otras mujeres, las “alternativas disponibles” disminuyen drásticamente. Así, el beneficio asociado a la decisión de seguir casado aumenta - en términos relativos - de forma considerable. Ahora la opción es separase para estar solo o para “tomar” lo que venga y, muchas veces, quede.... Entonces, resulta también fácil comprender por qué los matrimonios en que los cónyuges están en el rango entre 55 y 65 años prácticamente no se separan.
Sin duda, la decisión de separase es dura, pero hay que hacerse cargo del costo que ésta involucra, muchas veces el mayor costo viene por el lado de perderse el crecimiento y el compartir con nuestros hijos (externalidades), por lo que antes de tomar cualquier decisión, hay que identificar bien cuáles son estos costos, a quiénes afectan, en qué magnitud y si estamos o no dispuestos a asumirlas y que otros (los Moyas de siempre) se verán afectados. Lo peor de todo, es que a estos "Moyas", ni siquiera les preguntaron... ceteris paribus!
Nota: Para clarificar al lector, en este caso, los Moyas, son los hijos, que dado el rango de edad definido como probable de que los padres se separen (30 a 35 años), la mayoría de las veces tienen entre 1 y 6 años... Me pregunto (y les pregunto) ¿Es justo hacer pasar a "estos pequeños Moyas" por esto?; ¿Entenderán lo que una separación involucra?; ¿Alguien los invitó a este baile?; es más la promesa que les hicimos a ellos fue de un papá y una mamá.... De nuevo la primera pregunta.... Entonces, qué pasa con los costos....
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