Los sistemas financieros son claves para el desarrollo de las economías. Una mayor profundidad de éstos permite mejores accesos al crédito no sólo de las grandes empresas, sino que de las medianas, pequeñas y también de las personas. Así, es posible fomentar y facilitar el espíritu emprendedor y con ello el crecimiento y bienestar de los pueblos.
Sin embargo, los sistemas finacieros son por definición inestables, por lo que exigen tener sistemas rigurosos de supervisión. En Chile lo sabemos muy bien y hemos aprendido la lección que nos dejó la crisis de los ochenta. Sin embargo, a partir de la experiencia de las hipotecas sucias en Estados Unidos, esta rigurosidad se hace más evidente, ya que cuando las economías atraviesan por turbulencias y los mercados se apanican, la transmisión al público es prácticamente inmediata y, si los estándares de cuidado no son los adecuados, casi siempre pagan los mismos: Moya!
La clave es mejor regulación, que fomente la transparencia, la precisión y oportunidad en la entrega de información, de modo que las asimetrías existentes entre los agentes financieros y el público sea la menor posible.
Sin embargo, es fundamental no confundir lo anterior con mayor regulación. Ya que más regulación sólo introduce rigideces, que cohartan la libertad de los agentes involucrados. Un ejemplo típico de regulación mal implementada es la fijación de precios máximos, que en vez de beneficiar a "aquellos que no lo pueden comprar", sólo provoca escacez y la aparición de mercado negro. De esta forma, cuando hay precios máximos, los bienes y servicios "no se compran", sino que se "consiguen".
jueves, 25 de septiembre de 2008
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